miércoles, 11 de septiembre de 2019

PARA LEER EN CLASE



UN DOCTO CADÁVER

Me contaron que hace mucho tiempo, en una aldea remota de los valles del Atlas, una familia de pastores tenía catorce hijos. Eran muy pobres, la tierra no daba lo suficiente y los rebaños no podían alimentar a toda la familia. Así, cuando la madre dio a luz a su hijo decimoquinto, el padre decidió que no podían hacerse cargo de él y que debían, tarde o temprano, abandonarlo.
El niño fue creciendo y, cuando ya pudo caminar, su padre lo acompañó lejos del valle, a otra aldea remota del Atlas, y lo dejó junto a la puerta de una casa, marchándose después. Junto a la casa acertó a pasar un hombre sabio. Al ver al niño abandonado, sintió lástima de él, y se lo llevó consigo. Juntos, siguieron su camino, de pueblo en pueblo viviendo de cuanto la gente les ofrecía.
El hombre sabio fue instruyendo al niño hasta trasmitirle toda su sabiduría, que era abundante y reconocida. Le mostró las enseñanzas del Corán, el arte de hacer versos, música y filosofía. Cuando murió, el niño se hizo cargo de su cuerpo, lo enterró y, acto seguido, partió hacia la Meca. En la Meca, Medina y El Cairo profundizó en sus estudios, leyó cuantos libros le servían para acrecentar su sabiduría y, tras años de estudio, decidió un día, después de un sueño revelador regresar a su tierra, regresar al Atlas.
Al llegar al Atlas, vio que la gente de su tierra era, en su inmensa mayoría, pobre y analfabeta. Y que, entre los más pobres y abandonados se hallaban los pastores. En su valle natal decidió construir una pequeña casa de madera e instruir a cuantos niños se acercaran a ella. Pronto corrió la fama de su sabiduría, y las familias traían a sus hijos para que aquel hombre sabio los instruyera. Los hijos así instruidos prosperaban después y ayudaban a sus semejantes a hacer más prósperas sus aldeas. Su fama se acrecentó y pronto en todo el Atlas su nombre fue conocido y nombrado con gran respeto. Su pequeña casa de madera se convirtió en una escuela y, al morir, fue enterrado en ella misma. Se convirtió en un lugar de peregrinación para muchos: para sus discípulos y para quienes agradecían así la generosidad de aquel hombre para con todos.

Del libro La aventura humana. Cuentos populares. Derechos humanos. Icaria editorial




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